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Encuentro


Desde que te fuiste, aquel 14 de Septiembre del año que no pienso recordar, no me quedó más que la casa en ruinas.

Desde que te fuiste negándome tu amor mutuo, mi cuerpo se volvió huérfano de tu calor, mis labios dejaron de proba el néctar del amor y los riachuelos que brotan de mis ojos recorren sin tener a donde llegar.

Mi corazón no entiende razón, no comprende el motivo de tu partida y se refugia en sus latidos.

Eras aquella persona que todas las mañanas mi sonrisa se desesperaba por aparecer, tenías el poder de alumbrar cada rincón de esta casa ya abandonada.

Desde que te fuiste, la cama ya no hace una fiesta cuando te asomas, al contrario, es un mar sin fin que padece de olvido, las almohadas ya no tienen recuerdos y las sábanas marchitas se mueren por el moho.

La cocina se derrumba con mi presencia, el ambiente con olor a tu ausencia me hace recordarte y la melancolía me abraza en mi llanto.
La oscuridad, junto con mi soledad son las que me acompañan cuando llego del trabajo.

Cada día que pasa, es una odisea llena de lamentos en el cual un protagonista como yo no puede salir de esta tormenta.

Días tras día esta sonrisa invertida no hace más que reflejar su ausencia en mi vida, pero yo, aquí, sentado, casi moribundo, esperando tu regreso lleno de fe y esperanza, no hago más que mentirme y esa esperanza que me queda se pierde.





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Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.