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Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.

Instante pasado.

Extraño esas mejillas llenas de felicidad que dibujaban tu sonrisa al momento de jugarnos una broma. Extraño tus manos de muñeca que me acariciaban cuando más lo necesitaba y me llenaban de ternura. Tus carcajadas son para m í una pieza tocada por Chopin, única e inigualable. Quiero enseñarte que con solo palabras escritas en prosa lo mucho que te extraño, Esos ojos alargados, llenos de belleza, pureza e inconfundible amor, son los que extraño cada día gris que veo pasar. Las noches de soledad no hacen justicia a este dolor de no tenerte. Ahora, por ahora, la soledad me sonríe y se mofa de mi tristeza. Pasan los días, las noches y sigo pensando en tu sonrisa. Cuando creo que todo ha pasado y puedo volver a verte, este momento que ya es pasado me hace recordar la inmerecida que es la vida, Quiero… anhelo… pero no puedo.

Un cuarto de sonrisa distinta.

Hoy domingo, me dispongo a ir al pequeño bar que siempre visito después de una semana de extenuante sacrificio, llego a la barra y pido una Stella, me siento en la mesa que está a lado de la ventana y en tres cuartos de la cerveza, enciendo un cigarro, me agrada ver a las personas pasar, ver rostros preocupados, algunos alegres, rostros risueños y algunas damiselas me guiña n el ojo. A medida que consumo el cigarro, saco del bolsillo una pequeña libreta con un lapicero y comienzo a escribir algunas reflexiones, quizá tontas, sin mucha importancia, pero que servir ían más adelante, ¿para qué?, de eso quizá se encargue el futuro. Cuando me dispongo a poner el punto final y sin darme cuenta, escucho una melodiosa voz que me habla, no era español ni inglés lo que hablaba, pero para mis oídos era melodía. Después de un par de problemas resueltos, la invité a sentarse conmigo, comenzamos a charlar en nuestro torpe inglés, nos reíamos de nuestro silencio, acabamos un par de cervez...