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Un cuarto de sonrisa distinta.

Hoy domingo, me dispongo a ir al pequeño bar que siempre visito después de una semana de extenuante sacrificio, llego a la barra y pido una Stella, me siento en la mesa que está a lado de la ventana y en tres cuartos de la cerveza, enciendo un cigarro, me agrada ver a las personas pasar, ver rostros preocupados, algunos alegres, rostros risueños y algunas damiselas me guiñan el ojo. A medida que consumo el cigarro, saco del bolsillo una pequeña libreta con un lapicero y comienzo a escribir algunas reflexiones, quizá tontas, sin mucha importancia, pero que servirían más adelante, ¿para qué?, de eso quizá se encargue el futuro. Cuando me dispongo a poner el punto final y sin darme cuenta, escucho una melodiosa voz que me habla, no era español ni inglés lo que hablaba, pero para mis oídos era melodía.

Después de un par de problemas resueltos, la invité a sentarse conmigo, comenzamos a charlar en nuestro torpe inglés, nos reíamos de nuestro silencio, acabamos un par de cervezas y me invitó a salir del bar, caminando y con la conversación a medio apagar quería que le enseñe un poco de español y así fue, llegamos a un edificio, vivía en el decimoctavo piso de un gigante de concreto, accedí acompañarla, entramos al ascensor, cuando se cerraron las puertas y marcó el piso, descubrí los secretos que guardaban los ascensores en llamas, que sublimebesos y fuertes caricias nos propinábamos, terminamos desordenados cuando las puertas del ascensor se abrieron, de su bolsa sacó una tarjeta (lástima que en estos tiempos no se utilicen llaves), y apresurada abrió su puerta, intentó abrir un vino y yo solo pensaba en abrir los botones de su blusa, no le di tiempo de acercarse a la cocina cuando ya estábamos en el mueble, con las ventanas abiertas nos olvidamos del mundo. Tiempo después, nos encontramos con la noche, la cama hecha un desastre, prendí un cigarro y ella me miró enrarecida, me quitó el cigarro de la boca y lo apagó, acción rara para mí. Después, de su mesita de noche sacó una “hierba aromática alucinógena” y procedí a encenderlo. Fumamos juntos, nos reíamos al mirarnos, cada uno en su idioma natal intentábamos comunicarnos, era tan divertido que el tiempo nos mordía los pies, fui a la cocina en búsqueda de alimentos para cocinar algo, pero entre risas recordé que no se cocinar más que guisantes y es que soy un mal hijo de mi patria, me inventé cualquier plato de comida porque el hambre era voraz y le presenté el plato diciéndole que era típico de mi ciudad, le gustó e intercambiamos números, me despidió con un dulce beso, enseñándome sin desparpajo aquella cintura que remaba sin cesar.
Bajé ilusionado, no podía creer que con tan pocas palabras se podía llegar a la gloria y no se podía cambiar por nada. Con el paso del tiempo las diferencias lingüísticas ya se hacía notar, no soportábamos lidiar con las tartamudeces y los silencios no eran tan graciosos, tanta era la tormenta que se avecinaba que nuestros rostros se enrojecían, la pluvia en nuestros ojos era muy notorio y explotábamos sin entendernos, solo las expresiones faciales nos eran familiares.
Lamentablemente, de nuevo me veo visitando el mismo bar, pidiendo la misma cerveza, sentado con mi soledad en el mismo lugar, pero con un cuarto menos de sonrisa que tenía antes de conocerla.

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Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.