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Instante pasado.


Extraño esas mejillas llenas de felicidad que dibujaban tu sonrisa al momento de jugarnos una broma.

Extraño tus manos de muñeca que me acariciaban cuando más lo necesitaba y me llenaban de ternura.

Tus carcajadas son para mí una pieza tocada por Chopin, única e inigualable.

Quiero enseñarte que con solo palabras escritas en prosa lo mucho que te extraño,

Esos ojos alargados, llenos de belleza, pureza e inconfundible amor, son los que extraño cada día gris que veo pasar.


Las noches de soledad no hacen justicia a este dolor de no tenerte.

Ahora, por ahora, la soledad me sonríe y se mofa de mi tristeza.

Pasan los días, las noches y sigo pensando en tu sonrisa.

Cuando creo que todo ha pasado y puedo volver a verte, este momento que ya es pasado me hace recordar la inmerecida que es la vida,

Quiero… anhelo… pero no puedo.






















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Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.