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Páginas perdidas de un libro sin nombre

Aunque me pierda entre Julio Cortazar y Pablo Neruda, entre las noches estrelladas y un gato de acuarela, mi mente sigue fija en este sentimiento que se rehúsa a llenarse polvo.




Esquinas que siempre recordaré, calles que me sonríen al pasar, mi corazón palpita cual auto furioso por llegar a su destino, sentimiento que no se pueden expresar,  y es que es difícil para mi olvidarte por completo, me hiciste tan feliz… Ahora, un señor aburrido, que solo escucha a Louis Amstrong, se conmueve con algunas piezas de Ryuichi Sakamoto… no te puedo olvidar, pueden pasar años sin saber de ti, y me vasta solo un momento para saber que estás ahí, ahí para mi, callada, sin decirme una sola palabra, muda para mi corazón, mi mente te imagina y se que estoy mal, pero… ¿A quién se hace mal recordar palabras que nunca existieron, sonrisas que nunca me pertenecieron, caricias que nunca gané… y besos que nunca tendré?. Maldito el destino que juega conmigo dándome una falsa segunda oportunidad. Estoy siendo aburrido con estas líneas llenas de espanto y temor, estoy siendo observado a lo que vendrá… estoy siendo yo.

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Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.