Ir al contenido principal

Hermosa rutina.

 

Quiero morir en tu regazo, nacer en tu regazo y volver a morir en tu regazo.

Quiero que nuestra vida esté llena de turbulencias, de desazones, de debates y de diferencias.

 

Quiero que, al final del día, compartamos la misma cama, los mismos olores, el mismo cansancio.

Y que, al inicio del día, compartamos el mismo baño, la misma ducha, el mismo café.

 

Quiero que nos olvidemos carnalmente cada ocho horas, pero que nos encontremos en nuestros pensamientos, al menos cinco minutos, acompañados de una tenue sonrisa. Que nos evoquemos con un mensaje de texto, quizás con un inesperado “te amo”.

 

Qué más quisiera yo que desaparecieran los días laborales para poder charlar, darnos besos, nalguearnos y saber que, a pesar de los años, aún podemos decirnos, al final del día: “Te amo”.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.