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Te dije adios.

Te dije adiós por no saber decir
 ESPÉRAME;
Te dije adiós por no poder decir 
ENTIÉNDEME;
Te dije adiós por no saber decir  
CONFÍA EN MI;
Te dije adiós por no saber decir 
LO SIENTO MUCHO;
Te dije adiós por no saber decir 
TE EXTRAÑO MUCHO;
Te dije adiós por no saber decir: 
TU AUSENCIA ES UN VACÍO PARA MI;
Te dije adiós por saber decir... 
TE AMO CON TODO MI SER
Te dije adiós por no saber decir lo mucho que nos 
hacemos daño cuando nos vemos, 
nuestro amor se volvió un huracán de odio.

Ambos nos comenzamos a matar sin piedad;
tú con tus palabras y verdades que era veneno para mi 
y yo con mis mentiras y mi frialdad al hablarte,
en verdad que sufríamos, es por ello que ahora
sin nada más que decir te puedo decir
¡ADIÓS!

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Fugaz

una noche inolvidable, en mis noches solitarias, junto a mi compañera, la luna; vi un resplandeciente atardecer, tan bella, tan hermosa, me recordó que la felicidad no dura más que la gota de excitación llegando al cuello, cautivo por su belleza; desapareció cual estrella fugaz que fue, desde ese momento, mi mente está lleno de colores y felicidad, pero la noche aún no desaparece .

Fortuito, pero feliz

Con nuestro encuentro fortuito en aquel bar llamado “el pecado sin fundador” recuerdo que utilizabas frases erróneas y a veces con nada de sentido a propósito para poder estar a gusto, con tus sonrisas honestas como un plato de veneno, así seguiste, con verdades invertidas. Te llevé a aquel hotel con grandes vistas, muy lujoso para mi gusto, el nulo eco que había hacía parecer que fuese un bribón, con el pecado consumado y con el cigarrillo a medio acabar hice una sonrisa, sabía que había superado un mal momento que estaba viviendo. Tú, con tus extrañas mentiras decidirse disfrutar del espectáculo que nos daba la habitación. Terminamos en caminos invertidos, quizá con una fugaz felicidad, pero ya olvidados.

Miradas transeúntes

  Que dicha el beso osado que nos damos, cuando nuestros acompañantes en un segundo se distraen; charlamos, debatimos, nos reímos a carcajadas y nos embriagamos. En ese instando, cuando el tiempo y las personas pasan a un segundo plano… desaparecemos. Inexorablemente aparecemos en el baño, con la mirada perdida e implacable codicia, nos volvemos enemigos del silencio, en tan frenética posesión acabamos descuartizados y casi taciturnos. Calmados y sensatos (como deberíamos ser), cada uno va por su cuenta hacia la mesa “amical”, enfrentándonos a nuestras aflicciones, nuestros pesares y desdichas; vagamente reímos y nos despedimos sin poder tocarnos más que con las yemas de los dedos.